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miércoles, 10 de marzo de 2021

EL ENCIERRO DE SYLVIA LIKENS

El morbo se conjuga con una reacción de hipersensibilidad en el cuerpo. Frente a la pantalla no hay quién no se horrorice por lo visto. En una hora y media, una película refleja parte de la vida de Sylvia Likens, en especial sus últimas horas, su sufrida y atroz muerte. Es inevitable; tras ver el filme basado en la vida real (An American Crime o El Encierro , como fue traducida al español), queda la sensación de ir más allá, de investigar un poco más de lo que fue la tortura de esta adolescente nacida en Lebanon, Indiana, el 3 de enero de 1949. 


Es que fueron días de dolor indescriptible los que vivió Likens, allá por octubre de 1965. El único “pecado” de la chica fue caer en las manos de Gertrude Baniszewski, una trastornada madre de familia de seis hijos, quien a cambio de dinero había aceptado el trabajo de cuidar a la menor y a su hermana Jennifer, mientras sus padres se encontraban de gira con un circo. 

El calvario de Sylvia empezó en junio de 1965, cuando sus padres, Lester y Betty Likens, quienes tenían constantes peleas por la falta de dinero, decidieron dejar a sus dos hijas al cuidado de Gertrude, una aparentemente buena mujer que habían conocido días antes en una iglesia evangélica de Indianápolis, en el estado de Indiana. 

El trato era que la pareja Likens le pagaría $20 dólares semanales a la mujer para que dé alojamiento y comida a las menores. La primera semana fue tranquila. El problema empezó cuando transcurridos los primeros 7 días, el cheque de paga no llegó a las manos de Gertrude.

En represalia, la mujer castigó fuertemente a Sylvia y Jennifer. Las encerró en el sótano y por momentos las despojaba de su ropa y las golpeaba con un tablón. 

Debido a que Jennifer sufría de poliomielitis, Sylvia, de 16 años, le propuso a su atacante que ella recibiría todo el castigo, para que su hermana menor no se viera afectada, trato al que Gertrude accedió. El dinero llegó con un día de retraso, luego de que las menores ya habían sido maltratadas. 

De los primeros golpes y castigos siguieron más, en especial para la mayor de las hermanas Likens. Los padres de las menores visitaban a sus hijas en escasas ocasiones. Además avisaban con anticipación de su llegada. Gertrude amenazaba a las chicas de que si comunicaban a sus padres acerca de los maltratos, ella las golpearía hasta matarlas. La hija mayor de Gertrude, Paula, tenía la misma edad que Sylvia, 16 años. 

En principio, las adolescentes eran amigas, pero luego la situación cambió, debido a un chico. En represalia, Paula le dijo a su madre que Sylvia tenía relaciones sexuales con todo joven que conocía y Gertrude tachó de prostituta a la chica a su cuidado. Tras esto, los castigos empeoraron. Likens pasaba en el sótano y era golpeada continuamente por la mujer en su encierro. 

La situación se puso crítica en Octubre 

Gertrude dejaba que sus hijos maltrataran a la adolescente. Inclusive, chicos del barrio, Coy Hubbard y Richard Hobbs, se unieron a la tortura. 

Ellos fumaban y apagaban los cigarrillos en la piel de la víctima. También la violaron. Nadie denunció nada. El morbo se apoderó de todos. Ver a la chica convaleciente poco les importó. Los vecinos indicaron que sí escuchaban los gritos desgarradores de Sylvia, pero que no se metieron debido a que Gertrude acostumbraba a maltratar a sus hijos y que esa situación ya era costumbre en su casa. Paula era quien más castigaba a la menor encerrada. Cogía una tabla y le pegaba constantemente. Gertrude, en uno de sus arranques de histeria, penetró por la vagina a la maltratada chica con una botella de gaseosa. 

La mujer metió con tal saña la botella que ésta se rompió en el interior de la adolescente, desgarrándola por dentro. Cuando sacó la botella rota, con uno de los vidrios le escribió en el abdomen “Soy una prostituta”. Eran los últimos días de Sylvia, así como los más dolorosos. Dos hijos menores de Gertrude, Stephanie y John Baniszewski, también maltrataron sin piedad a la joven encerrada. La hija menor de Gertrude empujó por las escaleras a Likens y con esto le ocasionó una hemorragia cerebral. 

El ambiente era de desenfreno. Mientras Sylvia moría lentamente, Gertrude, sus hijos y los vecinos implicados tomaban, fumaban y algunos se drogaban. Paralelo a esto, Jennifer Linkens estaba atónita. Pasaba días sin comer, en estado de shock, al ver lo que sucedía con su hermana mayor. Sylvia Likens no aguantó más su encierro. El 26 de octubre de 1965, tras meses de maltratos, falleció. 

En principio, Gertrude dio aviso a la Policía de que la chica se había caído en el sótano, pero en el examen forense salieron a la luz todos los maltratos. Los médicos indicaron que lo sufrido por la chica ha sido la peor muerte de una persona en el estado de Indiana.

Acerca del crimen  

Debido al impacto que tuvo el atroz asesinato de Sylvia Likens en la sociedad estadounidense, el caso ha sido inspiración para varios libros y para una película. En 2008 fue puesto en cartelera el filme “An American Crime”, película que llegó a Ecuador con el nombre de El Encierro. La trama está basada en los últimos meses de vida de Sylvia. La actriz principal fue Ellen Page. 

De su parte, Gertrude Baniszewski fue encarnada por Catherine Keener. El autor Jack Ketchum escribió el libro “The Girl Next Door”, que salió a la venta en 1989. El caso del libro es muy parecido al de Sylvia Likens, excepto por los nombres de los personajes y por parte de la historia. 

En el texto, los padres de las hermanas protagonistas mueren y ellas quedan a cargo de su tía, una mujer con desvaríos mentales y que trata de apantallar que tiene una familia normal. Sobre la base de este libro también se hizo la película “La chica de al lado”, un filme de terror y drama, en el que una mujer maltrata sin piedad a una chica a su cuidado hasta causarle la muerte.

Condenas  

Gertrude Baniszewski 

Sentenciada a cadena perpetua por el encierro y asesinato en primer grado. Estuvo recluida en la prisión de mujeres de Indiana. Obtuvo su libertad condicional el 4 de diciembre de 1985, luego de estar veinte años en la cárcel. Durante el juicio negó toda participación en el crimen, pero en 1990 aceptó finalmente su culpabilidad. 

Paula Baniszewski  

Hallada culpable del encierro y asesinato en segundo grado y sentenciada a cadena perpetua. Salió libre el 23 de febrero de 1973. Tuvo una hija el mismo año y la llamó Gertrude. 

Coy Hubbard  

Sentenciado a 21 años de prisión por homicidio impremeditado. Tras su estancia en prisión se dedicó a la vida delictiva y volvía con frecuencia a la cárcel. 

Richard Hobbs  

Fue declarado culpable por homicidio involuntario y sentenciado a 21 años de prisión. Murió a los 20 años, de cáncer pulmonar. 

John Baniszewski 

Fue encerrado en prisión a los 13 años y obligado a cumplir una pena de 21 años. Fue el preso más joven del reformatorio de la historia de Indianápolis. Tras cumplir su condena se convirtió en pastor laico. 

Stephanie Baniszewski 

Sentenciada a 12 años de prisión por ser cómplice. Ella y Coy Hubbard arrojaron a Sylvia por las escaleras del sótano, lo que le produjo una hemorragia cerebral.

martes, 16 de febrero de 2021

ADOLFO CONSTANZO: EL LÍDER DE LOS NARCOSATÁNICOS

Nueve de abril de 1989. La policía de Matamoros irrumpe en el Rancho Santa Elena. Los 110 kilos de marihuana que allí encuentran son el menor de los problemas, adentro hay un caldero de hierro que despide un hedor imposible de respirar. En su interior hay sangre seca, un cerebro humano, colillas de cigarro, cuarenta botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada.


El horror continúa: los alrededores de la casa resultan ser una fosa común, una especie de catacumba con doce cadáveres ocultos y apilados. Todos descuartizados y sin cerebro ni corazón.


Lo más curioso es que todo comenzó esa misma tarde gracias a un evento fortuito. Horas antes del operativo en el rancho, David Serna Valdez, un joven de 22 años, conducía una camioneta en la carretera que conecta a Matamoros con Tamaulipas, cuando repentinamente se topó con un cerco policial que lo detuvo para hacer una revisión rutinaria del vehículo. En el interior encontraron restos de marihuana y una pistola calibre 38. Motivos suficientes para detenerlo. Luego de unas horas de interrogatorio, confesó que pertenecía a una secta ocultista de magia negra, en la que se mezclaban transacciones del narcotráfico con rituales en los que se sacrificaban inocentes que eran elegidos al azar.

Imposible saber si la policía creyó aquellas declaraciones al principio, pero al menos sí fueron lo bastante alarmantes para que se movilizaran de inmediato a la propiedad que les señaló el joven arrestado.

Los detenidos en el rancho confesaron a la policía judicial que ellos habían cometido todos esos asesinatos, pero también dijeron que una sola persona había dado las órdenes: Adolfo de Jesús Constanzo, un norteamericano hijo de refugiados cubanos que practicaba la santería y el Palo Mayombe, un culto místico de origen afroamericano que se caracteriza por la ausencia total de valores (diferencia entre Bien y Mal) en sus seguidores.

La vida de Jesús Constanzo fue desde el inicio una vorágine de desequilibrios. Antes de aprender a leer y escribir, su madre le enseñó a robar y a “fardear” (robos pequeños a comercios), provocando que a lo largo de su infancia fuera arrestado en múltiples ocasiones junto a su progenitora por crímenes menores como robo y vandalismo. Sin embargo, donde más empeño puso su madre fue en las enseñanzas del culto Palo Mayombe, pues ella misma se consideraba una sacerdotisa.

Ya de adolescente, Constanzo conoció a un sacerdote del mismo culto que lo arropó y le enseñó a enriquecerse vendiendo drogas.

En 1980 comenzó a ofrecer sus servicios de mayombero en Miami, pero al poco tiempo decidió trasladarse a la Ciudad de México, donde empezó a tener mucho éxito como lector de cartas de tarot. Los que lo conocieron dijeron que tenía una especie de magnetismo o carisma difícil de explicar. Los rituales de purificación o limpias le dejaban ganancias que iban desde los USD 8,000 a los USD 40,000 mensuales. Entre sus devotos había jefes del crimen organizado, altos funcionarios, celebridades y agentes de la Policía Judicial Federal.

No era extraño que Constanzo, como extranjero, se moviera en Matamoros, uno de los puntos fronterizos más importantes del país. Pronto estableció allí su culto, a través del cuál vendía droga que le proporcionaban sus aliados del narco a cambio de supuesta protección mística.

Deseoso de incrementar su popularidad y ganar más poder, comenzó a efectuar sacrificios en sus rituales para darles un toque de sensacionalismo y espectacularidad. Siempre lo asistía una joven divorciada que terminó siendo su musa y amante: Sara Aldrete, estudiante de Antropología de la Universidad de Texas, a quien conoció casualmente en un café.

Ella misma declaró haber torturado a algunas víctimas, entre ellas Gilbert Sosa, un traficante de drogas al que manipuló para que él mismo se colgara de una soga atada a su cuello, con las manos libres, para que al menos intentara salvar su vida. Luego, ordenó que lo sumergieran en un barril de agua hirviendo, mientras le cortaban los pezones con unas tijeras.

También narró cómo uno de los miembros le cortó el pene a una de sus víctimas y le abrió el pecho para sacarle el corazón mientras seguía vivo.

Después de aquellas declaraciones, negó su participación en los rituales, y aseguró que Constanzo la había retenido contra su voluntad. Sin embargo, muchos la señalaron como la gran sacerdotisa del culto, que además participaba activamente en todas las sangrientas ceremonias y se encargaba de reclutar nuevos miembros y de promocionar las actividades de la secta.

Adolfo explicaba que los ingredientes milagrosos para poner en un caldero eran la sangre y algunos miembros humanos mutilados, de preferencia cerebros de criminales o de locos. Lo ideal era que estos fueran de individuos de raza blanca, porque supuestamente eran más influenciables por el verdugo. Constanzo hacía mucho énfasis en este punto, porque, según el culto, para el victimario la tortura a la víctima era un factor muy importante. El alma del sacrificado debía aprender a temerle a su verdugo por toda la eternidad, y así quedar sujeta a él para siempre.

El rito concluía cuando los participantes bebían la sopa del caldero, pues creían que les daba todo el poder deseado por los criminales.

Varias de las víctimas fueron civiles inocentes elegidos al azar. Uno de ellos fue Mark Kilroy, un estudiante norteamericano de medicina que había desaparecido un mes antes que la policía allanara el rancho de Constanzo. Poco después se comprobó que su columna vertebral había sido usada por el líder de la secta como amuleto en forma de corbata.

Antes de que la policía llegará al rancho Santa Elena, Constanzo, Adolfo, Sara (que siempre sostuvo que estaba secuestrada), Álvaro Valdez (El Duby) y Martín Quintana lograron huir hacia la Ciudad de México, en donde se encontraron con otros “discípulos”.

Después de tres semanas prófugos, las autoridades lograron interceptarlos gracias a que Sara logró enviar una carta en la que afirmaba que era rehén y que temía por su vida.

Al llegar la policía al departamento de la calle Río Sena, fue recibida por una lluvia de balas. Cuando Adolfo vio que una gran cantidad de agentes lo rodeaban, le ordenó a su compañero León Valdez que le disparase con una ametralladora que le arrojó a las manos. Fiel a su líder, Valdez decidió suicidarse con él. Ambos se metieron en un armario y León disparó.

TSUTOMU MIYAZAKI: EL OTAKU ASESINO

Tsutomu Miyazaki, también conocido como El Asesino de la Niña Pequeña, Drácula y El Asesino Otaku, fue un asesino en serie japonés. Entre agosto de 1988 y junio de 1989, Miyazaki secuestró y asesinó a cuatro niñas de entre cuatro y siete años de edad. Sus crímenes involucraron comportamientos patológicos como abuso sexual, necrofilia, canibalismo y preservación de partes de cadáveres como trofeo.


Miyazaki nació un 21 de agosto de 1962 en el Distrito de Nishitama, en Tokio. Su nacimiento prematuro le dejó con una deformidad en ambas manos, las cuales tenía fundidas con las muñecas, haciéndole necesario mover los antebrazo para poder rotar las manos. A la edad de 5 años, comenzó a sufrir bullying por parte de sus compañeros, quienes se burlaban de sus manos, por lo cual se aisló desde la Escuela Elemental de Itsukaichi.


Según compañeros y profesores de Miyazaki, era un chico tranquilo, solitario e incapaz de hacer amigos. Solía escribir ensayos en donde expresaba sus deseos de llevar una vida normal. Sin embargo, siempre terminaba por echar la culpa a sus manos el no poder llevar tal vida. Finalmente, se refugió en el anime y el manga, este último llegaba a leerlo compulsivamente hasta altas horas de la noche.

Miyazaki era un joven inteligente y llegó a alcanzar la calificación más alta entre los niños que dieron el examen de ingreso a la Escuela Preparatoria Meidai Nakano. Por tres años, dedicó dos horas diarias al estudio. Sin embargo, posteriormente, sus calificaciones comenzaron a caer y su interés en el estudio decayó, por lo que en vez de dedicarse a estudiar se dedicó a dibujar cómics. Debido a su alto conocimiento del idioma inglés, planeaba ingresar a la Universidad de Meiji, pero tras dar su ingreso, quedó entre los últimos puestos de postulantes, por lo que desistió de la Universidad y comenzó a estudiar fotografía para luego graduarse, en 1983, como técnico en fotografía. Esto le garantizó el ingreso a una imprenta de un conocido de su padre.

A mediados de la década de 1980, Miyazaki se mudó a la casa de sus padres y compartió una habitación con su hermana mayor, cerca de la imprenta de su padre. La familia de Miyazaki era muy influyente en Itsukaichi, y su padre era dueño de un periódico de distribución local. Sin embargo, el estatus de su familia no influyó mucho en Miyazaki quien parecía precipitarse dentro de sus problemas y fantasías, que ya habitaban en él. Poco después, Miyazaki recibió de regalo un coche.

Al ser arrestado, dijo que sus padres reemplazaban el amor por cosas materiales y que ellos "no hubieran escuchado sus problemas, lo habrían ignorado". También confesó que en esa época comenzó a contemplar la idea del suicidio.

En cuanto a sus relaciones familiares, sus dos hermanas menores lo rechazaban, mientras que su abuelo Shokichi era el único que parecía poner interés en él. Al mismo tiempo, su sexualidad comenzaba a florecer, evitaba el contacto con mujeres de su edad porque se sentía "sexualmente inferior".

De acuerdo a un compañero de secundaria, Miyazaki padecía de un complejo de pene pequeño que le impedía entablar una relación con una mujer adulta. Sin embargo, su apetito sexual era elevado, a tal punto, que aprovechaba los partidos de tenis de la universidad para fotografiar las entrepiernas de las jugadoras para utilizar luego dichas fotografías con fines meramente onanistas. En 1984, cansado de consumir pornografía para adultos, comenzó a consumir pornografía infantil.

En mayo de 1988, un hecho trascendental ocurrió en la vida de Miyazaki; su abuelo, la única persona con quien él sentía afinidad, falleció. Después de que el cuerpo de su abuelo fuese incinerado, Miyazaki consumió parte de las cenizas en un impulso por "retener una parte de él" consigo.

La muerte de su abuelo también lo alejó de su familia, en un incidente una de sus hermanas menores lo atrapó espiándola en la ducha por lo que le gritó para que se fuera. Miyazaki, en cambio, montó en cólera y la atacó, tomándola del cabello y golpeándole la cabeza contra la pared del baño. También agredió a su madre, quien cuando se enteró del incidente le reclamó que pasara más tiempo trabajando que mirando anime.

En la tarde del 22 de agosto de 1988, Mari Konno, de cuatro años de edad desapareció después de salir a jugar con una amiga. Tras no encontrarla, su padre la reportó como desaparecida a la Policía de Saitama.

Mari Konno había sido engañada por Miyazaki, quien le ofreció un paseo en su Nissan Langley negro. Miyazaki condujo hacia el oeste de Tokio y detuvo el coche debajo de un puente, en un sendero boscoso. Allí, Miyazaki se sentó junto a la niña durante media hora antes de asesinarla, tras cometer el crimen desnudó el cuerpo y abusó sexualmente de ella. Después, tomó las ropas de la niña y regresó a su coche.

El 3 de octubre de 1988, Miyazaki conducía con su coche por una carretera de la Prefectura de Saitama cuando se topó con Masami Yoshizawa, de 7 años de edad. Después de convencer a la niña para dar un paseo, Miyazaki condujo a la misma zona boscosa donde había asesinado a Mari Konno. Allí, y en un arrebato asesino, atacó por detrás a la niña y la asesinó. Nuevamente, abusó sexualmente del cuerpo, tomó las ropas y se escapó en su coche.

La Policía lanzó una búsqueda masiva para encontrarla. Sin embargo, la búsqueda fue infructuosa, y ni el cuerpo de Mari Konno ni el de Masami Yoshizawa fueron encontrados.

El 12 de diciembre de 1988, Miyazaki asesinó nuevamente; esta vez a una niña de cuatro años de edad de Kawagoe. La niña era Erika Namba, quien regresaba de la casa de un amigo cuando Miyazaki la secuestró, obligándola a subir al coche. Éste condujo hasta un aparcamiento en Naguri. Allí, colocó a la niña en el asiento trasero del vehículo y la obligó a desnudarse, para tomar fotografías. Tras casi ser visto por un auto que pasó cerca de su coche, Miyazaki asesinó a la niña. Después, ató al cadáver de pies y manos, lo envolvió en una sábana y lo colocó en el maletero del coche. Tras eso, se deshizo de la ropa de la niña en un bosque cercano y dejó el cuerpo de la niña en una zona boscosa cerca del aparcamiento.

Al día siguiente, tras ser hallado el cuerpo de la niña, el cuerpo de policías exploró el bosque en busca de más pruebas.

También, la policía supo que tanto la familia de Mari Konno como de Erika Namba habían estado recibiendo llamadas extrañas en el teléfono así como cartas que hacían alusión al asesinato de las niñas.

El 6 de febrero de 1989, el padre de Mari Konno encontró una caja en la puerta de su casa con los restos incinerados de la niña así como su ropa junto a una nota que decía: “Mari. Huesos. Cremación. Investigar. Probar”.

Días después, el 11 de febrero, la policía recibió una carta de tres páginas en las que un tal "Yoko Imada" confesaba el crimen de Mari Konno. También, se burlaba de la policía y de las esperanzas que tenían los padres de la pequeña de encontrarla con vida. Miyazaki seguiría perturbando a los padres de Konno durante mucho más tiempo.

En el verano de 1989, Miyazaki volvió a cometer un delito, esta vez convenció a una niña de bajarse las bragas para poder fotografiarla, pero cuando estaba a punto de tomar las fotografías, unos vecinos fueron alertados y persiguieron a Miyazaki, quien logró escapar.

Sin embargo, su apetito sexual lo obligaría a volver el día 6 de junio de 1989 a un parque de Ariake cerca de la bahía de Tokio. Allí encontró a Ayako Nomoto de cinco años de edad, a quien convenció de dejarse tomar fotografías, luego la obligó a subirse a su coche, el cual condujo unos ochocientos metros antes de asesinar a la niña. Después envolvió el cuerpo en una sábana y lo colocó en el maletero del coche.

Miyazaki llevó el cuerpo a su apartamento, donde después de comprar una cámara nueva, fotografió al cuerpo de la niña en diferentes posiciones. También tomó filmaciones del mismo mientras se masturbaba. Miyazaki pasaría los próximos dos días con el cuerpo practicando necrofilia así como tomando fotografías.

Cuando el olor se hizo insoportable, Miyazaki decapitó el cuerpo, le cortó las manos y el torso. Abandonó el torso en los baños de un cementerio y la cabeza en una pradera mientras que conservó las manos, bebiendo la sangre y comiendo parte de una de ellas. Temiendo que la policía encontrara los restos, dos semanas después del crimen, Miyazaki volvió a recogerlos, los cuales llevó a su habitación, donde los escondió hasta que decidió quemar todo rastro. Desde las ropas hasta el mismo cadáver.

La policía sin embargo, encontró el torso en el baño del cementerio y lanzó una cacería por el asesino. Miyazaki se vio frustrado pero sus impulsos lo llevarían a intentarlo nuevamente y finalmente, a su detención.

El 23 de julio de 1989, Miyazaki conducía por Hachioji cuando vio a dos hermanas jugando. Detuvo el coche y les ofreció tomarles unas fotografías. La hermana mayor corrió asustada y fue en busca de su padre. Mientras tanto, Miyazaki desnudó y fotografió a la niña más pequeña. Cuando el padre de las niñas llegó al lugar, Miyazaki intentaba insertar un lente de contacto dentro de la vagina de la pequeña.

El hombre logró alcanzar a Miyazaki y lo tiró al suelo, pero éste logró escapar, aunque sin el coche. Al regresar más tarde para recuperarlo, agentes de policía lo esperaban. Miyazaki fue detenido bajo el cargo de "obligar a una menor a cometer actos indecentes”.

Diecisiete días luego de su arresto en 1989, Miyazaki confesó el asesinato de Ayako Nomoto, cuyo cráneo fue hallado al día siguiente. También, confesó el asesinato de Erika Namba y de Mari Konno. Posteriormente, el 6 de septiembre de 1989, los restos de Masami Yoshizawa fueron encontrados en una zona boscosa de Itsukaichi.

Después del arresto, la policía registró su apartamento, donde encontraron más de 6.000 cintas de vídeo, entre los que se encontraban aquellas en los que Miyazaki había filmado a sus víctimas. Pero la gran mayoría de los vídeos eran de anime violento y del género gore como la serie Guinea Pig. Debido a su gusto por el manga y el anime y también ocasionado por la cobertura de los medios de comunicación referentes al tema, Miyazaki recibió el apodo de El asesino otaku, lo cual causó un pánico moral entre la población estigmatizando a los fanáticos del manga y del anime con ello y a la cultura Otaku la cual ya estaba bastante estigmatizada entre la sociedad japonesa. Debido a ello, en el libro de Eiji Otsuka, el cual habla acerca de los crímenes de Miyazaki, Otsuka alega que el material de pornografía infantil encontrado en la casa de Miyazaki obedecía a que el asesino conseguía dicho material por medio de un colega fotógrafo por medio de una red ilegal para poder así alimentar su perversión.

Después del encarcelamiento de su hijo, el padre de Miyazaki, quien se rehusó a pagar la defensa legal, se suicidó arrojándose al torrente de un río en 1994. Tiempo después, el propio Miyazaki envió una carta a un periódico local donde decía que con el suicidio de su padre se sentía "como nuevo".

Durante la década de 1990, Miyazaki permaneció encarcelado mientras que la Prefectura de Saitama encargó su evaluación a un grupo de psiquiatras, llegando a la conclusión en 1997 por este equipo de psiquiatras de la Universidad de Tokio de que Miyazaki sufría un desorden de personalidad múltiple y una esquizofrenia extrema, aunque se mantenía enterado de la gravedad y consecuencia de sus crímenes, y por tanto responsable por ellos.

Miyazaki fue sentenciado a pena de muerte en la horca poco después de su captura, transcurriendo más de quince años antes de la aplicación de la pena. Durante su encarcelamiento, intentó reducir su condena a cadena perpetua, siendo todos los intentos infructuosos.

También luchó porque se le aplicase la inyección letal en vez de la horca, a la cual Miyazaki le temía profundamente. Transcurrió sus años en prisión leyendo cómics, manga y mirando anime en el pequeño televisor de su celda.

El 17 de enero de 2006, la Suprema Corte de Justicia mantuvo la sentencia original.

El 17 de junio de 2008, Miyazaki fue ejecutado. Se dice que su ejecución fue en respuesta a la masacre de Akihabara.

Y así el terror y una parte de los familiares de las víctimas pudo descansar.

jueves, 28 de enero de 2021

SLENDERMAN ME OBLIGÓ A HACERLO

Tenían 12 años cuando acuchillaron a su íntima compañera de colegio para complacer a un figura ficticia de un relato de terror que seguían en un foro en internet. Dijeron que Slender Man les había ordenado cometer el crimen. Increíblemente la víctima sobrevivió al brutal ataque en un bosque de Wisconsin, Estados Unidos, hace 6 años. Una macabra historia donde sí murieron la inocencia y la amistad.

Era viernes y pensaban festejar el cumpleaños de Morgan Geyser con un pijama party que incluía pizza, disfraces y risas durante toda la noche. Esa tarde, Anissa Weier, Payton Leutner y Morgan Geyser salieron juntas del colegio donde cursaban sexto grado y fueron a la casa de la cumpleañera. 

Para Payton fue una noche rara, sus amigas se mostraban un poco distintas, susurraban y cuchicheaban mucho entre ellas. Fuera de eso, todo marchó con cierta normalidad. Después de los juegos y las carcajadas, se fueron a dormir.

Por la mañana, las tres amigas de 12 años, decidieron ir al parque David para pasar el día al aire libre. Quedaba cerca de donde estaban y era un área boscosa de Waukesha, un suburbio de la ciudad de Milwaukee, en los Estados Unidos.

En los baños públicos del parque, Payton sufrió el primer ataque: Anissa intentó golpearle con fuerza la cabeza contra la pared. Payton se enojó, pero no le dio mayor importancia al incidente. Por eso, cuando le dijeron de adentrarse en el bosque para ver a los pájaros y jugar a las escondidas, fue con ellas. 

Mientras Morgan empezaba a contar contra un árbol, ellas salieron corriendo a esconderse. Pero de pronto Anissa empujó a Payton y le dijo que se acostara en el piso y se tapara con ramas y hojas para no ser vista. Fue en ese momento que Morgan fue hasta ellas aprovechó para sacar el cuchillo que llevaba escondido en su chaqueta, con una hoja de 13 centímetros. Se lo dio a Anissa quien no atinó a usarlo y se lo pasó a Morgan nuevamente. Mientras Anissa mantenía a Payton contra el suelo, Morgan le susurró: 

“No voy a hacer nada hasta que vos me digas”. Anissa entonces le gritó: “¡Ahora!, ¡enloquécete!”.

Morgan saltó sobre Payton y empezó a apuñalarla enloquecidamente. Fueron 19 cuchillazos: cinco en un brazo; siete en la pierna; uno le perforó el páncreas; otro le atravesó el hígado; otro más hirió el estómago y los tres restantes fueron al diafragma. 

Pero el navajazo más peligroso de todos fue el que pasó a menos de un milímetro de una arteria coronaria, muy cerquita del corazón. 

Payton gritaba sorprendida por el ataque y les decía que no podía ver, que no podía pararse, que no podía respirar. Anissa le dijo a su amiga herida de muerte que se pusiera boca abajo, así la sangre saldría más despacio.

Se fueron después de prometerle que irían a buscar ayuda. Vil mentira. Ellas querían que Payton muriera.

Inmutables, la dejaron desangrándose en la zanja y salieron del bosque. Se dirigieron a los baños públicos de un supermercado Walmart cercano. Ahí se limpiaron a conciencia la sangre de su íntima amiga.

Slender Man, pensaron, ya estaría muy complacido con ellas.

Era el sábado 31 de mayo de 2014. Y la edad de la inocencia había terminado.

ARRASTRARSE PARA SOBREVIVIR

Payton estaba al borde de la muerte, pero fue capaz de arrastrarse metro tras metro para salir del área dónde hubiese sido imposible que la vieran a tiempo para salvarle la vida. Tuvo la fortaleza suficiente para alcanzar un sendero. Allí la encontró el ciclista, Greg Steinberg que primero pensó que Payton descansaba al sol. 

“Me puede ayudar por favor, he sido acuchillada muchas veces”, musitó Payton desde el suelo. 

Steinberg llamó inmediatamente al 911 y le ofreció agua. En la llamada se lo podía escuchar consolándola: “Ya vienen, querida, ya vienen en cualquier minuto”.

Cuando llegaron la policía y la ambulancia, Payton estaba consciente. Dan Klein, el primer oficial de policía en la escena, le preguntó “¿Quién te hizo esto?”. Y ella respondió con claridad: había sido su mejor amiga, Morgan.

Payton fue llevada al hospital de Waukesha donde entró por emergencias y fue derivada rápidamente al quirófano. La compleja cirugía para reparar los daños internos y externos duró seis horas.

Stacie y Joe Leutner, sus padres, se dieron cuenta de que algo pasaba cuando el sábado por la mañana un oficial de policía se acercó hasta su casa. La noticia los dejó helados. Corrieron al hospital a ver a su hija sin entender muy bien lo que estaba ocurriendo.

Payton estuvo en cuidados intensivos durante semanas. La policía dijo a los medios: “Muchas de las heridas alcanzaron órganos vitales, pero increíblemente y por suerte la víctima sobrevivió al brutal ataque”.

DETENCIÓN Y OBSESIÓN

Morgan y Anissa fueron encontradas ese mismo día, pocos minutos antes de las tres de la tarde, sentadas al costado de la ruta interestatal 94. En una bolsa que llevaban la policía encontró el cuchillo que habían usado para ejecutar su planificado crimen. Morgan Geyser no demostró ninguna empatía con su víctima. 

Anissa Weier pareció, por su lado, tener algún sentimiento de culpa por haberla apuñalado, aunque sostuvo que había sido necesario para apaciguar a Slender Man… En el interrogatorio, filmado por la policía indicó: 

“Morgan dijo que teníamos que matar a Bella (así llamaba Morton a Payton)”.

Morgan Geyser fue la que tomó el cuchillo y la apuñaló mientras su amiga gritaba en el piso que no podía respirar.

A Morgan, en cambio, se la vio bailando sola frente a las cámaras del sitio del interrogatorio, desperezándose tranquilamente y haciendo caras. En el buzo que llevaba puesto tenía sangre de su amiga. Cuando entró el policía que la entrevistaría Morgan le preguntó con calma: “¿Ella está muerta?”.

El detective quiso saber si ella se arrepentía de haber apuñalado a una de sus mejores amigas. Morgan le respondió con una voz tan melosa y suave que, con solo escuchar la grabación, pone los pelos de punta: “Lo he pensado, pero decidí que el arrepentimiento no me lleva a ningún lugar… es más fácil vivir sin culpas”. 

Cuando el investigador le preguntó si había pensado qué iba a pasar luego de apuñalar a Payton, imperturbable y con voz ingenua le contestó: “No sabía realmente… pensé que iba a estar en problemas… mami siempre dice que todo lo que hacés, finalmente te alcanza… y lo hizo”.

La dulce inocencia con la que hablaba contrastaba con la imagen de las 19 puñaladas que había propinado a su amiga pocas horas antes. Los detectives estaban sorprendidos y en shock.

Anissa Weier pareció tener algún sentimiento de culpa por haberla apuñalado, aunque sostuvo que había sido necesario para apaciguar a Slender Man.

A todo esto ¿quién era este Slender Man del que hablaban estas dos pequeñas de sexto grado? Se referían a un personaje ficticio creado por Eric Knudsen, en 2009, como una creepypasta (historias cortas de terror que se suelen compartirse por Internet) para el foro Algo Horrible. 

Su inventor dijo haberse inspirado en los escritos de los célebres autores H.P Lovecraft y Stephen King y, también, en el surrealismo de William S. Burroughs para crear esa imagen altísima y flaca, de brazos anormalmente largos, sin rasgos faciales, vestida con un traje negro y que se encontraría viviendo en los bosques donde acosa a los niños.

Morgan y Anissa habían descubierto a Slender Man en una web de creepypasta y dijeron estar convencidas de que él era real. Habían planeado matar a Payton para proteger a sus familias de este personaje que podría lastimar a sus familiares.

Sostenían que una vez consumado el crimen ellas le habrían probado al siniestro hombre imaginario su lealtad: entonces serían sus sirvientas y vivirían con él en su gran mansión. Y explicaron que esa mansión estaba en algún lugar del Parque Nacional Chequamegon–Nicolet. Allí pretendían llegar cuando la policía las detuvo a la vera de la ruta.

El autor de Slender Man cuando se enteró de lo ocurrido lamentó mucho el hecho y dijo estar entristecido con el caso. La comunidad creepypasta sostuvo, en su propia defensa, que esto había sido un incidente aislado. Pero lo cierto es que hubo, por esos años, en los Estados Unidos, por los menos dos casos violentos más asociados a Slender Man.

Lo concreto es que esa noche de pijama party nada era muy normal, pero la madre de Morgan, Angie Geyser, no percibió ninguna señal de alarma. “Las chicas subían y bajaban las escaleras riendo y corriendo, era una noche normal”, dijo en una entrevista posterior a los hechos. Pero, pocas horas después, su hija de solamente doce años, lideraría la concreción de un siniestro plan para matar a su mejor amiga.

UN PLAN DE LOCOS

Morgan y Payton se hicieron amigas en cuarto grado. Morgan era solitaria y Payton sintió mucha pena por ella cuando la vio sentada sola en el aula. Fue entonces a acompañarla y terminaron convertidas en mejores amigas. Se visitaban después de clase, iban a dormir a sus casas y vivían haciendo bromas. Morgan bautizó a Payton, Bella.

“Ella era fue durante mucho tiempo mi única amiga”, le confesaría Morgan a la policía en el primer interrogatorio.

Morgan era decididamente una chica rara. Payton se daba cuenta de ello, pero aún así la quería. Ser rara no era una condición excluyente para su afecto hacia ella.

Todo cambió cuando, en sexto grado, entró Anissa al colegio. Morgan ya estaba obsesionada con el personaje Slender Man. Ella y Anissa congeniaron enseguida y, con Payton, pasaron a ser un trío de amigas.

Payton tuvo que aprender a aceptar a Anissa, aunque no le caía del todo bien. Fue en ese tiempo que la obsesión de sus amigas por Slender Man se volvió absolutamente patológica. Morgan y Anissa no hablaban de otra cosa. Pero nadie, más allá de Payton, lo sabía. Payton se mostraba incómoda y temía a ese personaje ficticio que ellas veneraban. 

Incluso llegó a considerar terminar su amistad con ellas, pero no lo hizo. Después de todo eran sus amigas y en el colegio, ninguna de las dos tenía problemas de disciplina.

Nadie estaba preparado para lo que vendría.

Después del intento de homicidio se sabrían muchas cosas más. Por ejemplo, que Morgan y Anissa venían planeándolo desde hacía meses. Que en el bus escolar hablaban del tema aprovechando que había mucho ruido y nadie las oía. Que tenían armado un vocabulario en código para mencionar las palabras clave como cuchillo y matar sin que nadie pudiera entenderlas.

De hecho, habían planeado matar a Payton mientras dormía esa misma noche de la pijamada. Tenían pensado taparle la boca con cinta adhesiva para que no gritara y, luego, acuchillarla en el cuello. Morgan se puso el despertador a las dos de la mañana y se acostó con los auriculares para escucharlo solo ella. 

Cuando sonó la alarma, Morgan despertó a Anissa, pero estaban tan cansadas y dormidas que resolvieron que era mejor dejar el asunto para más tarde, así dormían un rato más.

Se levantaron muy temprano, cerca de las seis de la mañana. Se disfrazaron de princesas y conversaban en voz baja sobre lo que harían mientras Payton se cambiaba. El siguiente plan era “hacerlo” en el baño público del parque.

Le pidieron permiso a la madre de Morgan para ir al Parque David. Antes de salir Morgan tomó un cuchillo grande de la cocina y lo escondió debajo de su campera. La idea era sentar a Payton en el inodoro y asesinarla allí mismo. Era muy conveniente, pensaron, porque en ese lugar había una rejilla por donde podría escurrir fácilmente la sangre, que sería mucha.

Anissa, diría luego a la policía, saber muy bien que para matar a alguien “no hay que mirar a la víctima a los ojos y es mejor hacerlo cuando está inconsciente o dormida”. 

Fue por eso que, en los baños públicos, Anissa quiso primero desmayar a Payton golpeando su cabeza contra el concreto de la pared, pero no resultó. Morgan propuso ir hasta el bosque a observar a los pájaros y a jugar.

Payton se había enfadado con el golpe, pero desconociendo la finalidad macabra del juego que le proponían siguió con ellas hasta el parque. Morgan en el interrogatorio post-crimen le reconoció a la detective que la entrevistaba que “la gente que confía en usted se vuelve muy crédula”.

Cuando estuvieron entre medio de los árboles y la vegetación, Morgan y Anissa sugirieron jugar a las escondidas. El juego comenzaría con Morgan contando y con Anissa y Payton escondiéndose.

Anissa había convenido con Morgan que ella iba a ser “una leona corriendo a una cebra” e iba a taclear a Payton para tirarla al suelo.

Finalmente Anissa le exigió a Payton que se acostara en el piso y se tapara con hojas como para esconderse. Payton le hizo caso y cayó en la treta. Cuando la víctima estuvo en el piso el cuchillo que en ese momento tenía Anissa volvió a las manos de Morgan que se había acercado. Era Anissa la que tenía que gritar cuándo empezar.

“¡Ahora!”, gritó, “Enloquecete”. Y Morgan hizo lo que ya sabemos.

El policía que la interrogó le preguntó a Morgan qué hizo en ese exacto momento cuando la atacó. Ella, molesta por tener que volver a explicar lo que ya había contado, movió sus puños de arriba hacia abajo como un cuchillo y repitió ocho veces: 

“Apuñalé, apuñalé, apuñalé, apuñalé, apuñalé, apuñalé, apuñalé, apuñalé…”.

Si bien la historia tiene detalles que varían según se tome el relato de Morgan o el de Anissa, se comprobó que la que concretó el ataque fue Morgan mientras Anissa fue una espectadora muy colaborativa.

El 29 de agosto de ese mismo año, unos días antes que Payton retornara a clases, el pueblo donde está el colegio al que asistían, hizo una feria para recaudar fondos para ayudar a pagar los gastos médicos de la víctima sobreviviente. Más de 250 voluntarios trabajaron ese día y recaudaron 70.000 dólares.

En septiembre de 2014, Payton Leutner pudo volver a clase. Ya no estaba Morgan sentada a su lado. Ni Anissa molestándola. Sus ex amigas estaban bajo un proceso judicial y médico que intentaba discernir qué había pasado por sus mentes para llegar a cometer semejante horror.

El retorno a la vida para Payton fue traumático porque el miedo todavía la acorralaba. Sobre todo, por la noche.

En agosto de 2017, Anissa se declaró culpable de intento de homicidio en segundo grado y, en diciembre de ese mismo año, fue sentenciada a 25 años en una institución psiquiátrica luego de que fuera declarada enferma mental al momento efectuar el ataque. Estará allí hasta cuando cumpla 37 años.

Morgan Geyser, por su parte, se declaró culpable de intento de homicidio en primer grado. Fue condenada a 40 años de reclusión en una unidad mental con tratamiento psiquiátrico. Podría estar presa hasta los 53. Fue diagnosticada con esquizofrenia y trastorno desafiante. Se supo que desde muy pequeña escuchaba voces y tenía alucinaciones.

VOLVER A VIVIR

La recuperación de Payton Leutner fue difícil tanto física como emocionalmente. Las cicatrices le dibujaban el cuerpo desde el cuello hasta las piernas y eran un recordatorio patente de lo padecido. Al volver a casa desde el hospital, Payton solo podía dormir con su madre. Tenía terror a descansar sola. Y hasta el día de hoy duerme con un par de tijeras rotas debajo de la almohada… “Solo por si acaso”, explicó en el primer reportaje que otorgó luego de lo ocurrido. También traba las ventanas.

Hablar le llevó varios años. Porque apenas ocurrido el milagro de su salvación ni ella ni sus padres abrieron la boca. Estaban demasiado golpeados y vulnerables. Rompió el silencio en una entrevista exclusiva con la cadena ABC, en octubre de 2019, más de cinco años después. En ese reportaje, Payton le dijo al periodista David Muir haber aceptado finalmente sus cicatrices y que, ahora, casi ni piensa en ellas: 

“Son una parte de mí…. Seguramente vayan desapareciendo”.

Recordó que Morgan siempre hablaba del personaje Slender Man: 

“Era raro. Me asustaba un poco. Pero lo dejé pasar y la apoyaba porque eso era lo que le gustaba (...) Le dije que me asustaba y no me gustaba”. También admitió “no me gustaba Anissa… Solo estaba con ella porque conocía a Morgan y ella la quería como una amiga. Pero Anissa era siempre cruel conmigo”.

La noche anterior a que la quisieran matar, Payton reconoció que había notado que las chicas actuaban de una manera extraña: 

“Cuando miro atrás… ¿cómo no me di cuenta? Pero no me culpo, de ninguna manera. Nadie podría haber visto venir algo así”.

Ella consideraba a Morgan su mejor amiga y la recuerda como alguien “que tenía muchos chistes para contar,(… ) era muy buena dibujando y tenía una gran imaginación, siempre era divertida”.

Respecto del ataque, confiesa que “no sentía realmente nada, mi cuerpo estaba en shock (...) No podía hacer foco porque mi cuerpo estaba luchando por mantenerse vivo…”. Y sí recuerda, le dijo a ABC, el momento cuando se despertó de las cirugías: “Lo primero que pensé es ¿las agarraron? ¿están detenidas? ¿o están todavía libres?”.

Si pudiera decirle algo a Morgan, curiosamente, reveló que le agradecería: “Probablemente, inicialmente le diría gracias. Porque gracias a lo que ella hizo yo tengo la vida que tengo hoy. A los 12 años no tenía un plan, pero ahora después de todo lo que pasé lo tengo.

Parecería que nadie que hubiera pasado por lo que yo pasé podría decir eso… pero verdaderamente es lo que siento. Sin toda aquella situación no sería quien soy hoy”.

Payton se refiere con esto a, por ejemplo, sus planes de estudiar medicina. Lo ocurrido sobre su cuerpo plantó la semilla vocacional.

Hoy, con 18 años, Payton Leutner ya está preparada para enfrentar su historia y seguir adelante con su vida extra. Esa que se ganó con sus ganas de sobrevivir.

UNA TRAGEDIA PARA CONTAR

Los condimentos de esta historia y la edad de las víctimas convirtieron al caso en un tema apto para todas las taquillas. Además, generó un profundo debate sobre el rol de Internet en el caso y sobre el impacto en chicos de esa edad.

En aquel entonces, el jefe de policía de Waukesha, Russell Jack, dijo que el hecho debía convertirse en un “alerta para despertar a los padres... así como Internet puede ser un lugar lleno de información maravillosa para aprender y enseñar, también puede ser un lugar lleno de oscuridad y cosas malévolas”.

En la discusión sobre el tema, Shira Chess, de la Universidad de Georgia, dijo algo obvio y cierto: que las historias de creepypasta no eran más o menos peligrosas que las de vampiros y zombies. Sin dudas, el problema está en la mente de quién procesa eso como algo real.

El filme documental Cuidado con Slender Man fue emitido por HBO, el 23 de enero de 2017. El famoso programa de tevé norteamericano 20/20, de la cadena ABC, puso en el aire -en octubre de 2019- en exclusiva, un episodio de dos horas llamado The Wicked (La Maldad). 

Allí reconstruyó la historia con los interrogatorios policiales, donde se ve a las dos chicas acusadas relatar los hechos; los dichos de los investigadores y la primera entrevista con Payton Leutner y sus padres.

En octubre de 2018, la película Terror en el Bosque, inspirada en el caso, fue producida por Christina Ricci y fue emitida por Lifetime. También en 2018, salió a la luz la película Slender Man, que claramente remite a esta historia, protagonizada por Joey King. El filme recaudó 52 millones de dólares.

En la serie La ley y el Orden, en el capítulo 16, se hace referencia al caso y, en Mentes Criminales, también hubo, en 2018, un episodio dedicado a él.

En marzo de 2019, la saga sobre la trágica historia de Payton siguió con la película Mercy Black, que aludía al personaje Slender Man, dirigida por Owen Egerton, y que fue puesta en el aire por Netflix. Allí se narraban los sucesos de dos amigas con esquizofrenia que intentan matar a otra para que un espíritu llamado Mercy Black, las beneficie.

Pero todo lo que pretende contar la ficción, ya lo dijo la realidad. Una realidad donde la locura disfrazada de obsesión hizo estragos en ese trío inseparable de compañeras de colegio. Con solo 12 años Payton Leutner tuvo la fortaleza y la inteligencia para no quedarse quieta esperando una ayuda milagrosa. Le torció el brazo al destino y ganó una pulseada con la muerte que no consiguió convertirla en víctima.

EL ENCIERRO DE SYLVIA LIKENS

El morbo se conjuga con una reacción de hipersensibilidad en el cuerpo. Frente a la pantalla no hay quién no se horrorice por lo visto. En u...